Por: Melissa Abud. Mompreneur. Event planner. Entusiasta de productividad. @melissaabud
¿Estás siendo productiva o estás siendo mamá?
La pregunta nunca me la hicieron así, pero la sentí muchas veces. En cada reunión que interrumpí por un llanto. En cada correo que no mandé a tiempo porque alguien quería “solo un cuento más”. En cada día que taché apenas una tarea, pero me acosté agotada como si hubiera corrido un maratón invisible.
Durante un tiempo pensé que debía elegir entre rendir o maternar. Entre avanzar o estar. Hasta que entendí que no era un dilema real: el problema no era ser mamá. Era el modelo de productividad que estaba usando. Ese que valora lo visible, lo cuantificable, lo que se puede entregar o reportar. Ese que no contempla las interrupciones tiernas, ni las emociones, ni el cuerpo cansado de habitar todos los roles a la vez.
Por años me medí con esa vara. Más tareas, más presión, más logros visibles. Hasta que me vi con un calendario impecable, lleno de objetivos, pero sin espacio para respirar. Sentía que lo estaba haciendo todo… excepto estar presente.
Entonces cambié la pregunta. Dejé de preguntarme cómo podía rendir más, y empecé a preguntarme cómo podía estar más. Cómo podía trabajar, crear, sostener, pero sin borrarme en el proceso. Cómo podía incluir a la mujer que soy en la vida que había construido.
No tengo una rutina perfecta. Pero tengo recursos que me ayudan a regresar a mí misma cuando todo se empieza a desbordar. Aprendí a no ponerme metas absurdas cada mañana. Ahora, simplemente, me pregunto: ¿Qué es lo más importante hoy? A veces es llevar a mi hijo a un chequeo médico. Otras veces es lograr responder todos los correos pendientes, esos que se acumulan y me hacen sentir detrás de todo. Me basta con una cosa. Si logro hacerla, esa interminable lista deja de parecer una amenaza y pasa a sentirse alcanzable. Lograble.
También tengo momentos que me anclan, sin hacerme sentir que tengo que ser la gurú de la autoayuda. Escribo 10 minutos cuando puedo. No siempre tengo claridad, pero en esas pocas líneas suelto algo del ruido mental. Otras veces, lo que me salva es una llamada con una amiga: una de esas que no necesitan contexto, solo presencia compartida. Con eso, ya me siento un poco más acompañada en este ritmo de vida tan lleno, tan blando, tan exigente.
Otra cosa que me ayuda es revisar cómo estoy antes de arrancar el día. Me detengo unos segundos para preguntarme cómo me siento. No siempre puedo resolverlo todo, pero al menos me doy cuenta. ¿Estoy abrumada? ¿Estoy dispersa? ¿Necesito movimiento o pausa? A veces con solo reconocerlo, la energía cambia.
Intento organizar mi tiempo con bloques flexibles, sabiendo que nada es tan rígido como suena. Pongo bloques de trabajo, sí, pero también dejo huecos para lo que sé que vendrá: el ‘mamá, mírame este dibujo’, los abrazos sorpresa, las interrupciones que a veces desesperan… y a veces salvan. No lo planifico como una carga, lo acepto como parte de esta etapa de vida.
La culpa sigue apareciendo, claro. A veces por no rendir como antes. A veces por desear estar sola. A veces por disfrutar demasiado el trabajo, o por no tener ganas de nada. Pero he aprendido a no dejar que la culpa tome el timón. Cuando me doy cuenta de que estoy siendo muy dura conmigo, respiro y me hablo con más compasión. Me recuerdo que no necesito hacerlo todo, ni hacerlo perfecto. Solo necesito hacerlo presente.
Hoy, para mí, ser productiva no es tachar veinte cosas al día. Es poder cerrar la laptop sin sentir que me traicioné. Es saber que estuve ahí —para mis hijos, para mi trabajo, para mí— sin dejarme de lado. La productividad que me interesa no es la que me ignora como madre, ni la que me exige rendir como si no tuviera hijos. Es una que me incluye, entera, humana, cambiante.






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